el miedo a traspasar la frontera de los nombres,como un extraño. Dibuja la
espiral de la derrota y oscurece tantos halagos, sol, en la memoria que se va...
y duerme un poco más,los párpados no aguantan ya,luego están las
decepcionescuando el cierzo no parece perdonar.
La sirena varada(Heroes del silencio)
Llego a casa, abro la persiana de mi habitación y lo veo allí, en su ventana, mirándome. Es como si me estuviera esperando. Está con los brazos cruzados y puedo sentir sus ojos en los míos. Me aparto enseguida del cristal, vuelvo a mirar y sigue allí en la misma postura. Me vuelvo a apartar. Me asomo de nuevo pensando en que ya se habrá marchado pero sigue allí de brazos cruzados, sin apartar la mirada, así que lo miro fijamente yo también, cruzo los brazos y estamos así unas cuantas horas hasta que el cansancio me vence y desisto. Me aparto de la ventana, pero esta vez con una profunda sensación de derrota. Creo que nunca he conocido a nadie tan terco.
He decidido grabarlo con una pequeña cámara digital de vídeo, así que esta mañana antes de ir a trabajar compruebo si sigue allí. Sigue, de hecho da la sensación de que no se ha movido en toda la noche. – Será cabezón -, pienso mientras coloco la cámara y la dejo grabando. Mi intención es tener material suficiente para entrenar antes de que decida enfrentarme de nuevo a él. Podrá entrenar frente a un espejo pero yo no soy él, mi mirada no es tan incisiva, por otro lado, entre su ventana y la mía hay una calle bulliciosa con miles de estímulos cada minuto, y el duelo implica mirarse a los ojos, clavar los ojos en los del otro sin que medie un autobús o el conflicto de dos conductores en el semáforo.
Llego a casa bastante cansado, voy a retirar la cámara, él sigue allí, – es increble, nunca podré vencerlo -, voy al salón, conecto la cámara al televisor y reproduzco lo que ha grabado mientras tomo una cerveza. El video me revela que no se ha movido de la ventana en al menos todo el tiempo en que la cámara ha estado grabando. Me mira desde la grabación fijamente y no puedo evitar imaginarlo en la ventana mirando en esos mismos instantes. Trato de concentrarme en las imágenes, de pie, enfrente del televisor con los brazos cruzados, me centro en su mirada fotograma tras fotograma, él en el video nunca cede y eso me sirve para fortalecerme, como un boxeador que golpea incansable al saco sin lograr tumbarlo directo tras directo.
Salgo a la ventana y está allí, nuestras miradas se enzarzan la una con la otra como si en la calle dos automviles trataran de aparcar en el mismo hueco libre. Tras unas cuantas horas noto como comienza a ceder, al principio es un leve parpadeo, luego aparta la mirada durante un par de segundos, yo me crezco, abro la ventana sin apartar mis ojos de los suyos, apoyo los codos en el alféizar y saco un poco mi cuerpo como para acercarme más, como para golpearle más fuerte. Vuelve a apartar la mirada un leve instante pero persiste. Sé que lo tengo, que es cuestión de tiempo el que ceda, lo sé porque me mira sin apenas convicción y yo puedo sentir las llamas brotando de mi nervio óptico. Finalmente cede, aparta sus ojos de los míos y se retira de la ventana con expresión apesadumbrada. Lo he vencido, por fin. Todavía estoy un par de horas mirando su ventana vacía como si él continuara allí, mis ojos saborean el triunfo escudriñando su habitación, como si quisieran atravesar los tabiques y el ladrillo. Creo que si durante esas dos horas hubiera salido de nuevo habría podido radiografiar hasta el rincón más oscuro de su alma.
Pero no vuelve a salir así que me retiro yo también.
Decido celebrarlo con una cerveza fría, voy a por ella y a través de la ventana de la cocina, que da a un patio interior veo a una vecina en su cocina, decido acercarme a la ventana y mirarla. Ella me ve y primero retira sus ojos de los míos, pero luego vuelve a mirar para ver si continúo mirándola, y esta vez ya no se retira.
He decidido grabarlo con una pequeña cámara digital de vídeo, así que esta mañana antes de ir a trabajar compruebo si sigue allí. Sigue, de hecho da la sensación de que no se ha movido en toda la noche. – Será cabezón -, pienso mientras coloco la cámara y la dejo grabando. Mi intención es tener material suficiente para entrenar antes de que decida enfrentarme de nuevo a él. Podrá entrenar frente a un espejo pero yo no soy él, mi mirada no es tan incisiva, por otro lado, entre su ventana y la mía hay una calle bulliciosa con miles de estímulos cada minuto, y el duelo implica mirarse a los ojos, clavar los ojos en los del otro sin que medie un autobús o el conflicto de dos conductores en el semáforo.
Llego a casa bastante cansado, voy a retirar la cámara, él sigue allí, – es increble, nunca podré vencerlo -, voy al salón, conecto la cámara al televisor y reproduzco lo que ha grabado mientras tomo una cerveza. El video me revela que no se ha movido de la ventana en al menos todo el tiempo en que la cámara ha estado grabando. Me mira desde la grabación fijamente y no puedo evitar imaginarlo en la ventana mirando en esos mismos instantes. Trato de concentrarme en las imágenes, de pie, enfrente del televisor con los brazos cruzados, me centro en su mirada fotograma tras fotograma, él en el video nunca cede y eso me sirve para fortalecerme, como un boxeador que golpea incansable al saco sin lograr tumbarlo directo tras directo.
Salgo a la ventana y está allí, nuestras miradas se enzarzan la una con la otra como si en la calle dos automviles trataran de aparcar en el mismo hueco libre. Tras unas cuantas horas noto como comienza a ceder, al principio es un leve parpadeo, luego aparta la mirada durante un par de segundos, yo me crezco, abro la ventana sin apartar mis ojos de los suyos, apoyo los codos en el alféizar y saco un poco mi cuerpo como para acercarme más, como para golpearle más fuerte. Vuelve a apartar la mirada un leve instante pero persiste. Sé que lo tengo, que es cuestión de tiempo el que ceda, lo sé porque me mira sin apenas convicción y yo puedo sentir las llamas brotando de mi nervio óptico. Finalmente cede, aparta sus ojos de los míos y se retira de la ventana con expresión apesadumbrada. Lo he vencido, por fin. Todavía estoy un par de horas mirando su ventana vacía como si él continuara allí, mis ojos saborean el triunfo escudriñando su habitación, como si quisieran atravesar los tabiques y el ladrillo. Creo que si durante esas dos horas hubiera salido de nuevo habría podido radiografiar hasta el rincón más oscuro de su alma.
Pero no vuelve a salir así que me retiro yo también.
Decido celebrarlo con una cerveza fría, voy a por ella y a través de la ventana de la cocina, que da a un patio interior veo a una vecina en su cocina, decido acercarme a la ventana y mirarla. Ella me ve y primero retira sus ojos de los míos, pero luego vuelve a mirar para ver si continúo mirándola, y esta vez ya no se retira.






1 comentarios:
llevo media entrada pensando que verías un cartel anunciando una colonoia o qué se yo. Pero es una persona de verdad... Espero que lo conozcas algún día. Aunque a mi me daría miedo toparme con alguien tan insistente
un saludo
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