8.5.08

Viento


El viento es un capricho. Si no, ¿por qué iba a tener lugar un fenómeno de esas características?

En un día tórrido, en el que todo es sol, el viento es una brisa merecida y ni siquiera un recordatorio del invierno: nadie se acuerda de su aliento feroz ni de su enfado. Es un rumor de hojas, un aleteo que se confunde con la propia respiración y se escucha plácido y sedante, como una canción de cuna.

En otras épocas, el viento lo engulle todo con apetito voraz y ansias reprimidas, tras haberse contenido durante días y días, meses y, a veces, hasta años. El espectáculo es sobrecogedor. Es un monstruo que aúlla salvaje en la montaña, el hálito violento que entumece y paraliza, una sobredosis de terror.

Cuando pasa de largo es solamente aire, sin deseos de permanecer al lado de nadie, sin expectativas.

Lo cierto es que el viento se parece bastante a las personas en ese carácter que es amor pero también tiranía y, en ocasiones, indiferencia, es decir, las dos cosas a la vez y ninguna, como el mismísimo silencio. Pero estas ya son palabras mayores.