1.9.09

casi siempre


Caray, ya no hay
estilo ni personalidad,
pues bien, os diré
ser distinguido es una gran cualidad
y yo la cumplo sin dificultad.
Caray (Gabinete Caligari)

Hacer las cosas bien. Vamos a ver qué significará esto .... Pues no tengo ni idea, la verdad, porque cada vez que intento hacer las cosas bien, me sale todo... del revés, quizás porque el problema básico o de base, que no es lo mismo, pero para lo que es va bien, es que el efecto de las cosas que hacemos siempre tiene una recepción muy subjetiva, vamos, siendo más simple y menos complicado, que las cosas siempre se interpretan de forma diferente a cómo uno las piensa, y si no es siempre (porque "siempre" es "demasiado") es "casi", casi siempre.

La cosa es que yo (casi) siempre intento... hacer las cosas bien, intento ser simpático y acabo resultando cargante, intento hacer que en mi curro haya más participación y vidilla, y lo único que consigo es críticas acerca de "quitar protagonismo", "no dejar hablar a los demás", y cosas de este tipo, cosas que yo odiaría en otras personas. Entonces es cuando uno se pregunta a sí mismo, a este que tenemos más cerca, sobre qué imagen damos a los demás. Porque la que yo doy de mi no me gusta.

No quiero tener que agobiarme con "algo más", ya tengo bastante con que en mi vida pocas cosas van "con rumbo y hacia delante...", que encima tenga que escuchar críticas negativas hacia mí, cuando mis intenciones verdaderas resultaban totalmente diferentes. ¿Por qué nos prestaremos tanto a la malinterpretación?, ¿por qué lo haré yo?.

Se que este "post" está resultando un tanto tonto, pero el caso es que me tiene la cabeza girada esta tontería unos días, ¿cómo nos ven los demás?, ¿cómo interpretan los demás las cosas que hacemos, nuestras intenciones?. A mi lo único que me viene a la cabeza es mi forma de dar las cosas, que puede llegar a ser desmesurada, empiezo las relaciones intentando que los demás se sientan cómodos conmigo, cuando parece que lo que pido es que me pateen el culo... ¿o quizás estoy exagerando?, esa es otra de las etiquetas que siempre me ponen... de los nervios!.
El caso es que este "post" no va a ningún lado, me estoy haciéndo un lío porque estoy bastante cabreado con todo, porque lo que más me frustra en la vida es que no me entiendan, porque sino me entienden no saben cómo soy, y sino saben cómo soy, están viendo a otra persona, y esta persona, hay veces que... "casi" siempre, no me gusta.

31.8.09

Una pesadilla



El laberinto se ha cerrado en torno a el
en torno a el
no encuentra la salida, es al revés
lo está enfocando mal, se va a quedar ahí
se queda
dulces horas
(Comité cisne)


Unos pasos a los pies de la cama me arrancan de mi profundo sueño. No sería tan profundo –pienso- pues son apenas audibles. Pienso que hay alguien en mi casa y me quedo inmóvil, escuchando con atención y sin apenas respirar. No son los pasos regulares y templados de quien camina seguro de saber adonde va. Son más bien un repiqueteo irregular, un goteo intermitente en una cubeta de latón que cruza frenético rozando los faldones de las sábanas. Corre hacia un lado, regresa y se entrelaza corriendo en todas las direcciones. Pasitos de pies pequeños en nerviosa carrera.

Decido que son ratas y eso me tranquiliza. Parece estúpido y quizás lo sea, pero tras ese pensamiento percibo con nitidez cómo se destensan los músculos, se relaja la espalda. Veo en la palma de mi mano –o quizás sólo lo siento- las marcas de mis uñas hincadas en la carne. Ahora mi único temor es que no suban a mi cama. No me importa demasiado que correteen por debajo, pero que no salten sobre mí, por favor, que no salten sobre mí. Intento recordar si anoche cerré la puerta de la terraza. Pensar que sí lo hice me intranquiliza. Prefiero creer que la dejé abierta, pues saber que las ratas han entrado vete a saber tú por dónde es aterrador. Veo una viñeta en movimiento donde las ratas se agolpan en un hueco oscuro. Atraídas por una luz empiezan a saltar unas sobre otras y pasan a través de un pequeño agujero que no es más que una caja de conexiones mal cerrada. Van pasando docenas de ratas por ese agujero junto al techo, cayendo pesadamente al suelo de mi casa. Quiero borrar esa imagen de mi mente. Intento cambiarla por la puerta abierta de mi terraza, pero no lo consigo.

Algo cae sobre mi cama. Un golpe sordo y blando plof, al que sigue otro, y otro más plof. Son las ratas. No están cayendo al suelo. Desde ese agujero junto al techo se están precipitando sobre mi cama plof plof plof. Algo pasa por encima de mi cuerpo tumbado bajo las sábanas, algo pesado, algo…

Me incorporo de golpe, encogiendo las piernas hacia mi cuerpo y con un grito que asoma en mi garganta, aunque consigo tragarlo a tiempo. Estoy bañado en sudor. Mechones de pelo se me pegan a la nuca y a la cara. Siento la fría dureza de la pared en mi espalda, en cada una de las vértebras que la articulan. Jadeo sonoramente, aterrorizado. Está oscuro, muy oscuro. Voy a alargar el brazo hacia la mesilla de noche para encender la luz, pero dudo a medio camino. Temo encontrarla llena de ratas. La adrenalina corre desbordada por mis venas. La siento correr. Recuerdo alguna vez que me han anestesiado y la sensación inicial es la misma, es algo que se hace con el control de tu cuerpo a gran velocidad. Procuro serenarme. Ha sido una pesadilla, sólo eso, una mala pesadilla. Respiro hondo. Empiezo a creerme, pero pese a todo, antes de acercar la mano le doy una patada a la mesilla. Después enciendo la luz.

Igual que un disparo, un golpe de un matasellos en mi corteza cerebral me muestra Casa tomada de Cortázar. Pienso en la explicación freudiana que más tarde le dio a ese relato, que fue fruto de una pesadilla. Se limitó a relatar con maestría esa pesadilla, que no es poco. Recuerdo la relación que estableció entre algo que lo empujaba fuera de su casa y la situación política que estaba viviendo en la Argentina. Pienso en el posible paralelismo que pueda tener mi pesadilla con algo que me inquiete. ¿Tiene que ver con mi apartamento? Quedan todavía muchas cosas por hacer en mi casa. Está en permanente reforma, aunque va siendo habitable. Tampoco hace tanto que parecía vivir en permanente mudanza. Aunque quizás no tenga que ver con nada de esto. Quizás la relación causa efecto sea más compleja.

Salto de la cama directo hacia el ordenador. Me pongo a escribir con las imágenes todavía calientes, con el miedo mezclado en mi sangre. Debo autopsicoanalizarme –pienso.

¿Dónde guardé los hongos?

29.8.09

...muñeco de ficción




La sala se llenó por ver tu última actuación
es una historia más, tan solo cambia el final
te pierden de verdad y nadie te va a encontrar
muñeco de ficción, entraste en la oscuridad
Muñeco de ficción (Biceps)


Una sonrisa especialmente esperada; unos dedos tanteando torpemente la mano de otra persona; ese regalo de navidad tan deseado; el sabor de ese beso –la lengua extraña ¿qué hago con la mía?-; el primer desengaño; ese día de feria, cuando te estalló un petardo en la mano; la visión de ese cuerpo ya irreconocible arrollado en la autopista; la aparatosa caída yendo en bicicleta; el tacto del primer cuerpo desnudo; mis arrebatos de ira, aquellos en que perdí la razón y mis amigos me separaron, asustados como yo de mi brutalidad. Todos esos momentos que, aunque ocurrieron en un segundo, durarán toda la vida. Fueron momentos únicos, irrepetibles y efímeros. Y pese a ello quedan grabados para siempre. Somos un pedazo de madera lisa al nacer y la vida nos va dejando muescas, que son las que nos hacen iguales y distintos.

Todos tenemos nuestras muescas, todos nos parecemos en la distancia, hasta que nos acercamos al detalle. En esta paradoja, la repetición no hará una muesca más profunda, al contrario. Estamos marcados por esos momentos que ocurrieron en un segundo. Los que se han repetido a lo largo de nuestra vida, los desayunos en la mesa de siempre, las esperas en el andén, todos los besos, todas las noches de bar en bar, todas las palabras dichas y escuchadas, todo eso está mezclado en un espeso magma oscuro e insondable. Son como un eco que se va repitiendo, repitiendo, repitiendo hasta perderse en el vacío de la nada.

Mañana, pasado quizás, habré olvidado estas palabras escritas aquí, pero jamás, lo sé, jamás olvidaré la primera vez que me besaste.



28.8.09

El arte de Michael Breyette




Dont, dont you want me?
You know I cant believe it when I hear that you wont see me
Dont, dont you want me?
You know I dont believe you when you say that you dont need me
Its much too late to find
You think youve changed your mind
Youd better change it back or we will both be sorry
dont you want me (Human League)



Michael Breyette es un artista americano que tiene gran prestigio por sus pinturas homoeríticas. Más de una vez le han preguntado la razón por la que dibuja cuerpos masculinos y siempre contesta que una de las razones es ser gay y otra que considera el cuerpo masculino como una verdadera obra de arte.

Desde niño tuvo gran devoción por la pintura pero no decidió dedicarse a ello hasta muchos años después, cuando trabajaba en una galería de arte, donde una compañera de trabajo, Deana, se prestró a ser su musa. Ella fue esencial para el éxito de Breyette, ya que le animó y le ayudó en sus duros comienzos. Al principio de su carrera, y devido a su entorno conservador, dibujaba cuerpos de mujeres, familiares y algunos paisajes, pero cuando se mudó a Massachusetts, donde pudo ser el mismo, dejó atrás todos aquellos trabajos en los que no había depositado su talento y comenzó con su verdadera pasión: los cuerpos masculinos desnudos.


Más información de este artista gráfico en
http://www.studio1088.com/

7.4.09

En mi armario






Friends are talking in the halltrying to know it all,smiling
at the way she shineslike a star in the night.
A scratch in my skin (Sexy Sadie)



A mi los armarios siempre me parecieron un objeto insulso. Quiero decir, que nunca me fijé en ellos como en algo en lo que sí te fijas. Una mesa tiene siempre algo sobre ella, algo en lo que te puedes fijar o que te puedes comer. En una silla te sientas y siempre hay una estimación sobre su comodidad, una expectación. Para mi un armario no tenía nada, era una caja de madera con puertas y cajones que se abrían, de la que obtenía cosas cotidianas, como una camiseta, un juguete, un plato, un pantalón o una chaqueta, un algo mecánico e intrascendental en si mismo. Hasta que aquella noche encontré el papel al fondo de uno de los cajones.

El primer número que aparecía era el 4, el segundo era el 8, el tecero el 15, 16, 23, 42.Cuatro, ocho, quince, dieciseis, veintitrés, cuarenta y dos.

A partir de entonces comencé a calcular y calcular como si en el interior de mi cerebro hubiera una calculadora solar en mitad de un desierto de números. Que podra ser y significar aquella secuencia numérica. Le daba vueltas y vueltas. Ocho es el doble de cuatro, y diecisis el doble de ocho y quince uno menos de dieciseis y que está colocado justamente en el lugar anterior, pero luego con el veintitrés y el cuarenta y dos no llegaba a ningún sitio por ese camino.

En una autentica orgía de números traté de encontrar alguna pauta, un patrón con el que guiarme en la constelación numérica, algo que me llevara hacia el final del pasillo. La tabla del cuatro encajaba bastante bien. Cuatro. Cuatro por dos, ocho. Cuatro por tres mas tres, quince. Cuatro por cuatro dieciseis. Cuatro por cinco más tres, veintitrés y por último cuatro por seis, veinticuatro, colocando sus cifras al revés tenía el cuarenta y dos.

Pero eso no me decía nada.

La suma de las cifras era 108 pero tampoco no me decía nada. Investigué acerca de ese número en mi entorno cotidiano. Sabía que la 108 era una línea de autobuses municipales, recorría una zona de la ciudad por la que yo no solía moverme y no lo había cogido nunca. Intenté encajar la cifra con paradas de metro semanales por las que pasaba y cosas así, pero no lograba relacionar el 108 con absolutamente nada salvo con un anuncio de una líneas de teléfono. El ciento ocho eran sus tres primeras cifras. Desesperado llamé a esa línea pero voz que me atendió no supo que contestarme.

La fiebre me carcoman entre mareas de letras y combinaciones de números. Sentía que iba a perecer sin resolver el misterio del papel y entre escalofríos y delirios analicé el armario por dentro y por fuera, palpando cada palmo de puerta, de cajón, en busca de alguna inscripción, de alguna marca, de alguna señal que desvelara el misterio. Era un armario pequeño en el que apenas me entraba toda la ropa. Tenía un tabique interior que estaba un poco combado debido a la humedad. Yo era desordenado por naturaleza y mis prendas de vestir se almacenaban más que amontonadas en su interior.

En un ataque de orden,decidí ordenar la ropa. La saqué toda a brazadas, como el que nada a mariposa, y la lancé sobre la cama con el fin doblarla en condiciones, bien doblada, pensé, seguro que gano en espacio y comodidad a la hora de encontrar las cosas. También me sera más fácil administrar y asignar las escasas perchas para aquellas prendas que lo necesitasen.

Descubrí que contaba con cuatro trajes, ocho pantalones entre vaqueros y de deportes, quince camisas, para traje, diecises camisetas, entre ellas una negra con el logotipo de un trabajo en el que estuve, zonareservada.com, que creía perdida y veintitrés mudas entre calzoncillos y pares de calcetines. No podía dar crédito. Pero aun me faltaba un número, el 42. No llegué a contarlas bien porque muchas echaron a volar, pero podría jurar que de entre toda mi ropa surgieron por lo menos 42 polillas del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos.

Más tarde, analizando los desperfectos cont 108 agujeros distribuidos entre todas mis prendas.